Desperté, sentía mis párpados muy pesados, así que decidí permanecer en cama un rato más. De pronto, algo llamó
mi atención. Muy cerca de mí, casi a la altura de mi oído, podía escuchar una respiración acelerada. Me estremecí. No sabía quién estaba a mi lado, pero no me atrevía a ver.
En cuestión de segundos, logré ubicarme en el tiempo. Si mis cálculos no me fallaban, me había quedado dormida desde la mañana. Sí, lo recordaba bien: mi papá había dicho que levantara a mi hermana, sonó el motor del carro, y se fue al trabajo. Eso era lo que había pasado en la mañana, pero entonces, ¿cuánto tiempo llevaba dormida?, Y ¿quién estaba a mi lado respirando tan fuerte?
Solo tenía que abrir los ojos, pero no podía. Empecé a sentirme pesada como el concreto. Ya no eran solo los párpados, sino desde los pies hasta la cabeza. Era como si todo mi cuerpo estuviera pegado a la cama.
Entonces recordé: las pastillas. Otra vez había vuelto a tomar los tranquilizantes, estaba segura de que mi extraño estado corporal era producto de aquellas pastillas. Y es que esa mañana me había tomado más de las debidas. Fueron tres o cuatro, o más, no lo recordaba bien. Todo había sido tan rápido, después de que mi papá se fue, mi hermana lloró descontroladamente como era costumbre, le dí comida, la bañé, pero ella seguía igual. Gritaba como si alguien la estuviera torturando. Me mortifiqué pensando que si llegaba la Policía, por los gritos de mi hermana, les tendría que explicar lo mismo de siempre: “Es un caso de autismo agudo, no hay muchas personas que lo tengan y la niña grita sin que nadie le haga nada. Los golpes se los ha hecho ella misma, se autoflagela”. Qué iban a entender ellos, el hecho de que fueran policías me hacía dudar de sus capacidades intelectuales. Así que decidí tomarme mis diazepam y dormirme todo el día. Y lo logré, el problema en ese momento era que no me podía levantar.
Me entró una gran desesperación. El sentirme atrapada en mi propio cuerpo me daba claustrofobia. Entonces, escuché aquella respiración más cerca de mí. Pensé en la posibilidad de que fuera de mi hermana. Si era ella seguro me golpearía. No, yo sabía que no me haría nada. Ella solo se hace daño a sí misma, tal vez en el fondo pensaba eso para no sentirme tan culpable. No era nada grato ser la mala de la película.
El tiempo transcurrió y mi desesperación aumentó. Una señal de esperanza fue cuando escuché a mi papá entrar a la casa. Mas él gritó mi nombre y al no escuchar respuesta, se fue a encerrar a su cuarto a ver televisión. La escuchaba a un volumen exagerado, así que si me pasaba algo ni cuenta se iba a dar.
Reflexioné en la posibilidad de morir. La idea no me daba miedo, para mí, la muerte era un viaje placentero a un mundo surrealista en el que se puede descansar del llanto; pero en ese momento estaba lejos de un lugar así.
Mis lágrimas empezaron a rodar por mi rostro, estaba arrepentida de haber sido tan cobarde y no tener los suficientes “ovarios” para vivir aquel día. Hablé con Dios en ese momento, él escuchó mis disculpas, reclamos, y tomó en cuenta mi propuesta de querer vivir, y mi promesa de ser una niña valiente.
Después de haber llorado por mucho tiempo, me sentí liviana, una brisa secó mis lágrimas y por fin logré abrir los ojos. Todo estaba oscuro, y era extraño, no había nadie a mi lado respirando fuerte.
mi atención. Muy cerca de mí, casi a la altura de mi oído, podía escuchar una respiración acelerada. Me estremecí. No sabía quién estaba a mi lado, pero no me atrevía a ver.En cuestión de segundos, logré ubicarme en el tiempo. Si mis cálculos no me fallaban, me había quedado dormida desde la mañana. Sí, lo recordaba bien: mi papá había dicho que levantara a mi hermana, sonó el motor del carro, y se fue al trabajo. Eso era lo que había pasado en la mañana, pero entonces, ¿cuánto tiempo llevaba dormida?, Y ¿quién estaba a mi lado respirando tan fuerte?
Solo tenía que abrir los ojos, pero no podía. Empecé a sentirme pesada como el concreto. Ya no eran solo los párpados, sino desde los pies hasta la cabeza. Era como si todo mi cuerpo estuviera pegado a la cama.
Entonces recordé: las pastillas. Otra vez había vuelto a tomar los tranquilizantes, estaba segura de que mi extraño estado corporal era producto de aquellas pastillas. Y es que esa mañana me había tomado más de las debidas. Fueron tres o cuatro, o más, no lo recordaba bien. Todo había sido tan rápido, después de que mi papá se fue, mi hermana lloró descontroladamente como era costumbre, le dí comida, la bañé, pero ella seguía igual. Gritaba como si alguien la estuviera torturando. Me mortifiqué pensando que si llegaba la Policía, por los gritos de mi hermana, les tendría que explicar lo mismo de siempre: “Es un caso de autismo agudo, no hay muchas personas que lo tengan y la niña grita sin que nadie le haga nada. Los golpes se los ha hecho ella misma, se autoflagela”. Qué iban a entender ellos, el hecho de que fueran policías me hacía dudar de sus capacidades intelectuales. Así que decidí tomarme mis diazepam y dormirme todo el día. Y lo logré, el problema en ese momento era que no me podía levantar.
Me entró una gran desesperación. El sentirme atrapada en mi propio cuerpo me daba claustrofobia. Entonces, escuché aquella respiración más cerca de mí. Pensé en la posibilidad de que fuera de mi hermana. Si era ella seguro me golpearía. No, yo sabía que no me haría nada. Ella solo se hace daño a sí misma, tal vez en el fondo pensaba eso para no sentirme tan culpable. No era nada grato ser la mala de la película.
El tiempo transcurrió y mi desesperación aumentó. Una señal de esperanza fue cuando escuché a mi papá entrar a la casa. Mas él gritó mi nombre y al no escuchar respuesta, se fue a encerrar a su cuarto a ver televisión. La escuchaba a un volumen exagerado, así que si me pasaba algo ni cuenta se iba a dar.
Reflexioné en la posibilidad de morir. La idea no me daba miedo, para mí, la muerte era un viaje placentero a un mundo surrealista en el que se puede descansar del llanto; pero en ese momento estaba lejos de un lugar así.
Mis lágrimas empezaron a rodar por mi rostro, estaba arrepentida de haber sido tan cobarde y no tener los suficientes “ovarios” para vivir aquel día. Hablé con Dios en ese momento, él escuchó mis disculpas, reclamos, y tomó en cuenta mi propuesta de querer vivir, y mi promesa de ser una niña valiente.
Después de haber llorado por mucho tiempo, me sentí liviana, una brisa secó mis lágrimas y por fin logré abrir los ojos. Todo estaba oscuro, y era extraño, no había nadie a mi lado respirando fuerte.
15 comentarios:
Gaby me gustó muchisimo tu texto Claustrofobia.
Es una buena narración y no esperaba ese final. Parece que esta vez si lograste abarcar bien todas tus ideas, pero tené cuidado porque ahí escribiste "solo" sin tilde, y va tildada en la primer "o" porque es "sólo" de unico no de soledad.
Suerte en los demás textos!
Cuidate.
¡Excelente narración Gabriela!
Me emocionó leer este texto, sentí una deseperación por saber más y más. Está interesante y deja un bonito mensaje. Quien es valiente llega a ser grande y la muerte nunca soluciona los problemas.
¡Saludos!
Que wooo... me dejaste sin palabras textos aasi me encantan tu eres lo maximo esque no se me ocurre como decirte que eres muy buena escribiendo animo y espero leer mas textos asi en tu blog me encanto y esta muy bonito tu estilo es muy peculiar
Gaby que super buenas historias... te felicito en serio, son lecturas que no aburren y que dan ganas de leer mas y mas, segui asi
Me encanta tu manera de ordenar las ideas, es un talento plasmar tus pensamientos de esa manera. Felicidades y que bueno que apoyes la literatura
hardcore gaby... q bueno esta este texto me agrada tu forma de escribir simplemente otro nivel felicidades y segi escribiendo mas y mas
Super cautivante tu historia. La mejor manera de vencer tus temores es enfrentándolos.Dios no te va a abandonar, él tiene en sus manos la propuesta de tu vida.
Wow. Tu historia es impactante, es increíble que nuestro cuerpo se pueda convertir en una cárcel. Eres afortunada al poder contar esta historia. Muchas personas mueren al tomar pastillas para dormir.
Redactas mejor de lo que pensaba. Tu historia transmite muchos sentimientos. Recuerda que por algo pasan las cosas, sean buenasa o malas, y Dios nunca nos deja solos.
¿Cuántas veces no me he sentido así? Gracias, jamás había podido describir esas sensaciones y vos lo hiciste perfectamente. Gracias.
Compañera que tal que chivo le quedo su blog. En lo personal me gusta esta entrada me identifico con el tema por que yo pasé por algo muy muy parecido pues en uan etapa no muy lejana de mi vida también dependí de los tranquilizantes. Me gusta mucho como ha transcrito las sensaciones en palabras son muy acertadas.
Tu texto es muy exquisito. De hecho es muy descriptivo. Me encanto. captas la atención muy rápido y eso es un buen comienzo. Saludes...
Este texto me dejo una impresión muy fuerte, ya que el contenido logra abarcar la curiosidad por leer más.Ánimo con todo.
Wow!
Que escalofriante lo que te sucedio..!!
Sigue así, me llaman mucho la atención como escribes! Sabes captar la atención de uno, te felicito.
Cuidate, bendiciones
Publicar un comentario